Construyendo un Error


Construyendo el Error
Existe algo muy común en la vida de todas las personas: Sentirse mal (y sus efectos secundarios) ante el resultado inminente de una mala decisión.
Y a pesar de lo normal y común que esto pueda ser, no logro comprender el por qué de esta situación, incluyendo las veces en las que transité esos rieles.
Acertada o errónea, una decisión es justamente eso: Una Decisión. Un recorte absoluto y, tal vez, extremista del camino a seguir.

No hay maquina que permita retroceder o avanzar en el tiempo. No existe la posibilidad de retornar hacia la propuesta original y cambiar la opción; así como es
imposible obtener un pantallazo de lo que una decisión tomada pueda desencadenar.
Entonces, son estos motivos los que me llevan a pensar que no existe tal cosa como: una buena o una mala decisión, incluso si como resultado, la vida deja de continuar.

-          OJO: Soy un amante de la vida así que no busquemos indirectas fatalistas en el párrafo anterior.    -

Pero así mismo, debemos reconocer que es el temor a la muerte lo que ha hecho que este planeta duplique (y un poco mas) la cantidad de habitantes descendientes del homo “sapiens”.
Es ese temor el que llevó a tomar la decisión de mejorar los conocimientos médicos, arquitectónicos, incluso religiosos; pues no olvidemos que en nombre de un amigo imaginario se llegaron a cometer las peores barbaries y genocidios a nivel mundial, y todo con la esperanza de que aquel o aquellos amigos imaginarios sean del agrado y la aceptación colectiva.
Pero en su momento fueron decisiones aceptadas y ejecutadas como la mejor opción, para luego ser repudiadas y muchas veces olvidadas.
Entonces: ¿Por qué pesa tanto una decisión mal tomada sabiendo que mientras la vida continúe siempre habrá oportunidad de enmendarse por el camino adecuado?
¿Por qué educaron tan mal a nuestros padres bajo premisas catastróficas en cuanto al resultado inesperado de una decisión? ¿Y por qué no fueron capaces de detectar esta mala información que fueron forzados a aceptar y evitar de esta manera transmitir a sus descendientes?.
Puede que nos hayamos vuelto fatalistas con el paso del tiempo, y a pesar de hoy poseer una longevidad que ronda la media de 80 años (que en épocas pasadas rondaba los 30 o 40) vivimos en una eterna competencia por no morir mañana, pero si nos derrumbamos ante el resultado negativo de una mala decisión con la esperanza de ser perdonados, enmendados, liberados del castigo (intangible cuando el error no irrumpe el libro de las normas de conductas sociales) por simplemente haber errado.
Recordemos que la cebra corre solo cuando ve al león aproximarse, y deja de correr cuando este se pierde en el horizonte, mientras por su parte, el hombre no necesita ver al león para empezar a correr y tampoco espera a que éste a lo lejos se pierda para dejar de correr.
Viviré con la esperanza de que algún día inventarán aquella aplicación que se activa 10 minutos después de haber errado para así desvanecer aquella vocecita que suele encargarse de recordarte el “apocalipsis” conseguido por haber tomado una “mala” decisión. Y aun así comprendo que 10 minutos de fatalismo son necesarios. Pero hasta ahí.

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