Quibo
Quibo era uno de esos personajes que llevo mas
de dos años componiendo; personaje al que siempre le faltó un objetivo y una
motivación, pero que directamente y sin temor alguno brotaba desde mi
subconsciente.
Otorgar motivación es algo muy difícil de
hacer sobre todo cuando se carece de aquel empuje natural.
La tarde lluviosa de abril se encontraba
tranquila, de hecho en extremo, puesto que es un mes a veces intransigente,
pero al ser de tintes otoñal, el viento puede traer consigo lo más inesperado e
inhóspito.
El ventilador secaba mis labios, a pesar de
ser otoño, dentro de aquel apartamento cuatro ambientes que logré conseguir
meses atrás, el calor hace de él un refugio que no pretende deshabitar ni pagar
el alquiler. –Necesito agua-
Al salir de mi habitación, noté que estaba
solo en todo el departamento, mis hermanos habían salido, y como de costumbre
no me avisaron. No tengo forma de recriminarlo, ellos nunca saben si estoy o no
estoy. Peor aun, no saben si vivo o muero aun estando a tres metros de
distancia, y con el tiempo, el interés se ha ido marchitando.
El agua de la canilla rebosa mi hermoso jarro
chooper que alguna vez compré con la supuesta intención de dedicarme a tomar
cerveza al menos una vez al día –dentro de todo la panza ya la tengo-, si
pudiera vengarse, aquel jarro ya me habría asesinado y le hubiese echado la
culpa al sedentarismo y nadie hubiese sospechado lo contrario.
Mientras recuperaba la humedad en mis labios y
garganta, comprendí por completo la situación en la que me hallaba: estaba
solo. Pero no solo como de costumbre, solo en soledad.
Sonreí pensando en la belleza de la soledad,
siempre supe que una persona adquiere el carácter cuando logra amigarse con la
soledad, y de mis cuatro mejores amigos, ella era la eterna compañera que nunca
se alejaba sea la situación que sea. Algo descompuesto estoy, lo sé y lo
acepto, pero es que siempre tuve miedo a ser normal.
-Riiiiiinnnnngggg- el timbre de mi
departamento en el cuarto piso. Esta vez no podía hacer la clásica – que
atienda alguien más, igual dudo que sea para mí –.
Aun así, el segundo pensamiento que brotó en
mi mente, fue considerar que alguien se había equivocado, y seguramente
buscaban al amable vecino judío que vive en frente. Seguí bebiendo mi chooper
de agua.
-Riiiiiinnnnngggg- otra vez. –Bueh, serà el
vecino, seguro olvidó la llave de la puerta de atrás y quiere que lo deje pasar
por el depto para ir a la puerta de enfrente – eso pasó un par de veces, sobre
todo aquellos días en los que ninguno de los ascensores funcionaban.
También pensé que debería dejar de pensar
tanto, y dejar que la vida me sorprenda, talvez consiga más inspiración con las
sorpresas de la vida que con el vacilar de la mente, pero no podía evitarlo y
ya lo estaba haciendo una vez más.
-Hola- grite desde adentro, una muy mala
costumbre que aprendí de la casera de la primera residencia en la que viví
cuando llegue por primera vez a la Argentina. Parece que nadie le dijo que en
las puertas hay un lente circular que permite en gran angular observar a la
persona que se encuentra del otro lado. Pero como uno siempre aprende las malas
costumbres primero, para luego y con mucho esfuerzo poder reemplazarlas por las
buenas, y como en mi ciudad natal nunca fue necesario tal utensilio, a los diecinueve
años, ya tenía una mala costumbre que aún a los veinticuatro me resultaba
difícil remover.
-Hola, soy la vecina del quinto piso- contesto
una voz algo dulce y bastante joven. Seguramente era una judía del piso de
arriba, mi edificio está repleto de este tipo de gente, y debo aclarar que no tengo
nada contra ellos, pero ya imaginaba la recatada y temerosa imagen con la que
me iba a encontrar una vez abriese la puerta.
Casi caigo de espaldas cual condorito al abrir
la puerta, Quibo estaba parada en el marco de mi puerta. La canción más hermosa
del mundo de Sabina sonaba en mi cabeza. ¿Por qué?, bueno esa es una puerta que
no pienso abrir.
Quibo era uno de esos personajes que llevo mas
de dos años componiendo, justamente cuando conocí las películas del cine negro
en las que predomina el personaje de la Femme Fatalle. Quibo era una Femme
Fatalle salida directamente de mi subconsciente; media un metro sesenta y
cuatro centímetros – justamente para que no fuera mas alta que yo – era muy
blanca, tenía unos senos grandes, ojos y cabello castaños pero muy claros,
labios rojo tinto y en forma de corazón, manos pequeñas y mirada penetrante.
Siempre tuve problemas a la hora de componer un personaje, pues nunca seguí una
grilla para determinar paso a paso cada uno de los rasgos físicos, los describía
según asomaba en mi imaginación.
Pero la Quibo real, tenía un defecto, me miraba como si
nunca me hubiese visto. De hecho eso era lo normal. La Quibo compuesta vivía en
un mundo turbio lleno de gánsters y juegos de azar, pero me recordaba como un
amor del pasado que tenía la esperanza de volver a ver.
-Hola- le dije, mil y una historia posible
pasaron por mi cabeza, incluso aquella en la que entraba a mi departamento, se
despojaba del sobretodo mojado que llevaba, y casi ligera de ropa lo hacíamos
en cualquier lugar del departamento sin explicación alguna.
-Vos vivís acá- me dijo “Quibo” sorprendida.
No entendí la sorpresa, hasta que los fantasmas de mi cabeza pensaron lo peor
-Si ¿por?- le dije, -porque nunca te he visto a vos, siempre vi a dos morochos
un poco más altos pero nunca a vos-.
-¿Te puedo ayudar en algo?- le dije algo
molesto, evidentemente vino a buscar a uno de mis hermanos pero sutilmente
evitó decirme a cual, aunque la duda en porcentajes se divide y creo saber en
donde pesa más la balanza. –No gracias- volteó, subió las escaleras y no la vi
nunca más.
Quibo es de esos personajes que nunca terminé
de componer, y tal vez nunca lo haga, pero me hizo comprender que es uno de
esos personajes que debo salir a buscar, aunque nunca logre darle motivación.

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